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Tener identidad es poder demostrar que existimos. En el mundo analógico, o sea fuera de Internet, nuestra identidad la forman todos los documentos que nos hacen identificables como individuos únicos dentro de la sociedad. Asimismo, en el mundo digital, en Internet, son nuestros perfiles públicos en distintos servicios web los que nos hacen distinguibles entre el resto de usuarios.
Además, debe tenerse en cuenta que todo lo que la gente de nuestro entorno sabe de nosotros forma también parte de nuestra identidad. Nuestros gustos y intereses son elementos clave para definir el perfil personal de un individuo, ya sea en el mundo digital o en el analógico. De hecho, la gente de nuestro entorno nos valorará de forma distinta según nuestra actitud en el contexto social en el que nos hayan conocido. También se nos juzgará en base a nuestras relaciones y de acuerdo con las posesiones materiales de que dispongamos. Todo cuenta, hasta lo que los demás dicen sobre nosotros, sea o no cierto, o lo que no decimos pero se intuye en nuestra conversación. En el entorno empresarial pasa exactamente lo mismo. Cualquier gesto es importante; todo el mundo juzga y es juzgado de manera natural, sin que este análisis del entorno resulte necesariamente premeditado.
Tenemos derecho a guardar silencio. En el mundo analógico parece que esto es bien sabido y todos jugamos a mantener nuestras vidas fuera del apartado público en la medida de lo posible; esto es consecuencia de saber que vivimos en un entorno altamente analítico, esclavos del “qué dirán”. Es poco probable que alguien salga al balcón o se asome a la ventana sacando la colección de fotos de fiesta del último fin de semana mientras grita “Ey, me lo pasé muy bien! Ah! Y mañana me voy de vacaciones a China, os apuntáis?”. Por contra, en el mundo virtual se acostumbra a vivir de cara a la galería, a mostrar nuestra vida en vivo i en directo sin demasiadas contemplaciones. Da igual si los que nos “siguen” en las redes sociales son amigos de toda la vida, vecinos con quienes no hablamos ni en el ascensor o curiosos que han descubierto nuestro streamline por casualidad; en las redes sociales de Internet el ejemplo anterior no es un caso hipotético sino el orden del día. No hay miedo, o, lo que es peor, algunos no saben de qué hay que tener miedo ni por qué ni cómo protegerse. A lo mejor en la actualidad esta sea la única diferencia entre los dos mundos, o, al menos, la más destacable. Pero no creo que exista ningún inconveniente para convertirnos en personajes públicos siempre que seamos responsables y cuidadosos con lo que decimos sobre nosotros y sobre los que nos rodean.
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Tradicionalmente se ha considerado Internet un lugar sinuoso y peligroso, lleno de piratas y de seres obscuros anónimos o escondidos tras pseudónimos y, en el mejor de los casos, como un gran almacén de basura lleno de información inexacta y de herramientas que sólo sirven para hacernos perder el tiempo y ser menos productivos. Hoy en día se está demostrando que esto no es lo único que podemos encontrar en la red y que ésta nos ofrece un amplio espacio de aprendizaje y socialización si somos capaces de sacarle el máximo partido a todas las herramientas disponibles. Resulta que abrirnos a los demás y ser más transparentes no sólo no es tan peligroso como parecía hace unos años –siempre y cuando seamos capaces de mantener el control de nuestra privacidad y hagamos un uso responsable de ella–, sino que además nos abre un nuevo mundo de posibilidades. Y es que dependiendo de nuestros conocimientos y habilidades participaremos de una manera u otra en Internet.
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Es imprescindible, por lo tanto, educar a la sociedad para que todo el mundo entienda las posibilidades de Internet y hacer un uso adecuado de las “nuevas” tecnologías. Hay que hacer olvidar a los fantasmas y explicar cuáles son los peligros reales. Hay que hacer entender a los usuarios y a las empresas que es importante controlar lo que dicen sobre ellos mismos en la red y también lo que publican otros sobre ellos –o sea, controlar su identidad. Es imprescindible entender que todo lo que se hace público en Internet es relevante –si no a nivel particular, sí en conjunto–, y lo es porque el medio permite hacer “minería de datos”, o sea, analizar toda la información pública sobre un individuo o empresa en varios servicios web conjuntamente y obtener así un perfil global y detallado del sujeto analizado.
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En el mundo analógico este es un trabajo lento y laborioso a menudo atribuido a señores vestidos con gabardina y gafas de sol. En Internet, pero, resulta relativamente fácil elaborar un perfil digital y saber cuándo se habla de una persona o una entidad en concreto utilizando herramientas como Intelious (http://search.intelius.com/), SocialWhois (http://www.socialwhois.com/), Google Alerts (http://www.google.com/alerts) o cualquier buscador, ya sean los tradicionales Google, Yahoo o Bing, o los buscadores internos de las aplicaciones sociales (Facebook, Twitter, Delicious, Slideshare, LinkedIn, etc.), entre otras herramientas. Es por ello que resulta esencial participar de lo que se denomina “conversación global”; si no hablamos de nosotros mismos alguien lo hará, y en este último caso habremos perdido la oportunidad de definir nuestra propia identidad digital, dejándola en manos de un desconocido (o de muchos…). Porque controlar no significa prohibir que se hable de nosotros –es imposible–, sino estar atentos a lo que decimos i a cómo lo hacemos, i también a lo que otros dicen sobre nosotros o sobre nuestra empresa para poder reaccionar de manera adecuada en el menor tiempo posible. El control debe empezar a nivel particular siendo respetuosos con el resto de gente con quienes compartimos el medio. Si hablamos de responsabilidad, no debería ser necesario explicar que debe evitarse hacer pública información personal sensible para nuestra seguridad y la de los que nos rodean. Finalmente, controlar debe significar tomar las riendas de nuestra identidad, y eso sólo es posible si las aplicaciones que utilizamos nos garantizan unos derechos mínimos, tal i como expone Dolors Reig en su blog; de no ser así, no nos interesan:
1) Propiedad de la propia información: lo que publicamos es nuestro, no de la empresa que nos proporciona el servicio.
2) Controlar qué información compartimos i bajo qué condiciones lo hacemos.
3) Libertad para acceder a nuestros datos des de lugares externos.
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A nivel particular es relativamente fácil controla nuestra identidad personal, pues es suficiente con ser uno mismo y evitar explicar o mostrar en Internet lo que no diríamos ni mostraríamos en el mundo analógico. Los contactos profesionales que podamos establecer en cualquier red social serán mayoritariamente muy próximos i la relación podrá ser lo bastante directa como para no necesitar ayuda externa para gestionarla.
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Las empresas lo tienen un poco más complicado. Tantos sus clientes como su competencia pueden hablar de ellos a sus espaldas y probablemente lo hagan sin esperar ninguna respuesta por parte de la empresa sobre la que estén conversando. Por lo tanto, cualquier empresa que se adentre en el mundo de las redes sociales deberá esforzarse a ir a buscar a sus clientes y no esperar que sean estos quienes se acerquen a la marca por iniciativa propia. Si los clientes tienen problemas, lo primero que se deberá hacer es ayudarles a encontrar una solución; sólo así se conseguirá recuperar la confianza perdida a consecuencia de un mal servicio o un mal producto. Los usuarios no quieren hablar por hablar con las empresas, para eso ya tienen a sus amigos; los usuarios quieren que las empresas estén cerca suyo, que les entiendan, que les valoren y les ofrezcan soluciones a sus problemas. Cumplir todos estos objetivos de manera adecuada requiere una gran inversión de tiempo por parte de las empresas, y por este motivo la tarea de atender a la presencia digital de las empresas en Internet se está profesionalizando. Los expertos capaces de controlar satisfactoriamente la identidad digital de una empresa son los llamados Community Manager, Social Media Analyst, Social Media Strategist, Social Media Manager, Social Media Public Relations, Social Media Metrics, Social Media Legal, Social Media Security y el Social Media SEO (Gaby Castellanos define cada uno de los perfiles de trabajo en Social Media en su blog). Obviamente, dependiendo del tamaño y del alcance de la empresa algunos perfiles se podrán obviar o fusionar con otros. Cabe decir que en el afán para controlar su identidad digital una empresa no debe prohibir nunca a sus trabajadores comunicarse libremente entre ellos ni con el exterior; es evidente que este tipo de prohibiciones no funcionan i, además, resultan contraproducentes, por lo tanto, la actitud que debe emprender la empresa es la de formar a sus trabajadores en actitudes comunicativas que resulten beneficiosas para ambas partes y, a la vez, tratarles como a un cliente más, escuchándoles i valorándoles, dialogando con ellos siempre que sea posible.
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Resumiendo, no hay duda que hay que participar en la “conversación global” controlando nuestra identidad como lo hacemos con nuestra identidad analógica, ya que son casi lo mismo; no conviene que alguien hable en nuestro nombre. Para saber si estamos ejerciendo un control adecuado de nuestra identidad podemos utilizar un conjunto de herramientas que nos proporcionan datos sobre nuestra presencia en Internet a la vez que nos permitirán detectar fugas de información y descubrir nuevas conversaciones en las que participar. Tanto los usuarios particulares como las empresas debemos ser responsables de lo que decimos sobre nosotros, pero también de lo que decimos sobre los que nos rodean. Es necesaria, por lo tanto, educación en el campo tecnológico que permita a unos i otros identificar y evitar posibles peligros derivados de un uso incorrecto de las herramientas web. Además, con el objetivo de conseguir una presencia adecuada en las redes sociales conviene que las empresas cuenten con el apoyo de especialistas en la materia.









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